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Cómo ser más eficientes sin agotarse.

  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Agenda y calendario

En la era de la hiperconectividad, la eficiencia ya no depende del tiempo  disponible, sino de cómo gestionamos nuestra energía y nuestra atención.  


Muchas personas terminan su jornada laboral con la sensación de haber estado ocupadas todo el día… y, sin embargo, no haber avanzado en lo realmente importante.  


Reuniones que se alargan más de lo previsto. Correos que llegan sin parar. Mensajes que interrumpen constantemente. Pequeñas urgencias que van ocupando cada espacio de la agenda.  


Al final del día, el cansancio es evidente, pero la sensación de eficiencia es mucho menor. En ese momento suele aparecer una pregunta incómoda: ¿He sido realmente eficiente hoy o simplemente he estado ocupadx?  


Y es aquí donde conviene recordar algo esencial: la eficiencia no consiste en hacer más cosas, sino en hacer lo importante con energía y con foco.  


Es evidente que el entorno actual no nos lo pone fácil. La sobrecarga de información y la multitarea nos empujan con frecuencia hacia ese falso camino productivo en el que confundimos actividad con impacto.  


Si queremos mejorar nuestra eficiencia, hay dos aspectos clave que merece la pena trabajar: la gestión de nuestra energía y la capacidad de poner foco en lo realmente importante.  


“En un entorno lleno de estímulos e interrupciones, la capacidad de decidir dónde ponemos nuestra atención se convierte en una habilidad clave”.  

  

Gestionar nuestra energía para trabajar mejor


Una productividad saludable no depende únicamente del tiempo empleado,  sino del nivel de energía con el que abordamos nuestras tareas.  


Podemos observar nuestra energía a través de cuatro dimensiones principales.  


Energía física. Nuestra capacidad corporal para sostener el ritmo de trabajo a lo largo de la jornada.  

Energía mental. Nuestra capacidad de concentración y la calidad de nuestra atención.  

Energía emocional. La capacidad de mantener un estado emocional equilibrado incluso en situaciones de presión

o conflicto.  

Energía de propósito. La energía que aparece cuando sentimos que nuestro trabajo tiene significado. 


Un buen ejercicio consiste en preguntarnos cómo está cada una de estas energías en nuestro día a día:  


- ¿Cómo está mi nivel de energía al inicio, durante y al final de la jornada? 

- ¿Consigo concentrarme durante períodos sostenidos de tiempo? 

- ¿Cómo gestiono la presión o los conflictos en el trabajo?  

- ¿Siento que lo que hago tiene sentido para mí?  


Responder con honestidad a estas preguntas nos permite detectar dónde necesitamos recuperar energía.  

A partir de ahí, pequeñas acciones pueden marcar una gran diferencia:  


Energía física: hacer pausas breves, levantarse, estirar el cuerpo, caminar  unos minutos o beber agua.  

Energía mental: mirar alrededor durante un minuto y nombrar mentalmente lo que vemos para ayudar a recuperar el foco.  

Energía emocional: evitar acumular conversaciones pendientes y trabajar la asertividad para poner límites saludables.  

Energía de propósito: recordar que el propósito profesional muchas veces está en las pequeñas contribuciones diarias.  


Poner el foco en lo realmente importante


El segundo gran elemento de la eficiencia es el foco.  


En un entorno lleno de estímulos e interrupciones, la capacidad de decidir dónde ponemos nuestra atención se convierte en una habilidad clave.  


Gestión de la agenda: planificar antes de que la agenda se llene sola,  bloquear tiempo para lo importante y dejar espacio para imprevistos.  

Gestión de reuniones: tener un objetivo claro, asistir solo las personas necesarias, con agenda y duración definidas, y cerrar con compromisos y próximos pasos.  

Gestión de interrupciones: no responder inmediatamente a cada petición, establecer bloques de trabajo sin interrupciones y crear ventanas de  comunicación.  


Sabemos que el tiempo es limitado. Por ese motivo, la gestión de nuestra  energía y de nuestra atención, acaba determinando nuestra eficiencia. 


La productividad, al final, no consiste en hacer más cosas. Consiste en hacer  las que realmente importan.




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