La incoherencia que esconde nuestra agenda.
- 25 feb
- 2 Min. de lectura
Uno de mis valores principales es el equilibrio, pero entendido como un espacio que bascula, no como un punto al que llegar o en el que permanecer.
Esto significa que, al menos desde mi punto de vista, estamos permanentemente en desequilibrio.
Lo relevante no es eliminarlo, sino comprender qué tipo de desequilibrio nos habita.
Hay un desequilibrio fértil. Ese que nos saca de la zona de confort, nos incomoda y nos hace evolucionar.
Y hay otro muy distinto. Lo llamo desequilibrio corrosivo. Es el que nos deja vacíxs e insatisfechxs. El que no impulsa, sino que desgasta.
Siguiendo este razonamiento, podríamos afirmar que el equilibrio no es un estado estático, sino un ajuste constante entre lo que valoramos y lo que hacemos.
“La agenda no miente. En ella está lo que priorizamos. Lo que aplazamos una y otra vez. Y por ausencia, aquello para lo que nunca encontramos tiempo”.
¿Cómo detectar nuestro desequilibrio corrosivo?
Puede sonar exagerado, pero hay una manera muy sencilla de detectar el desequilibrio corrosivo en nuestras vidas. No se necesita ni un test, ni una sesión de coaching, ni un retiro en silencio.
Se trata de algo tan sencillo como mirar nuestra agenda.
La agenda no miente. En ella está lo que priorizamos. Lo que aplazamos una y otra vez. Y por ausencia, aquello para lo que nunca encontramos tiempo.
Veamos algunos ejemplos.
Quizá afirmamos que la salud es importante, pero no aparece ni una sola cita en el calendario. O decimos que nuestra familia es lo primero, pero no hay espacios reservados para ella. O aseguramos que queremos pensar estratégicamente, pero la agenda está colonizada por urgencias.
Apuesto a que no es un problema de intención, sino de desequilibrio entre lo que declaramos (interna o externamente) y lo que realmente hacemos.
Este desfase entre desear y hacer nos genera, a medio plazo, un malestar profundo. Entramos en incoherencia. Y la incoherencia, cuando se prolonga, corroe.
Cinco pasos para detectar nuestro desequilibrio.
Te propongo un ejercicio sencillo que suelo hacer de tanto en tanto y que siempre me aporta claridad.
Abre la agenda de las últimas tres semanas.
Marca en un color lo que es obligación.
Marca en otro lo que es verdadera elección.
Observa. ¿Qué predomina: intención o inercia?
Decide una microacción concreta que acerque tu agenda a lo que realmente es importante para ti.
La clave está en empezar por algo pequeño.
Elige una microacción que te ayude a equilibrar lo que haces con lo que da sentido a tu vida.
Cuando esa acción esté integrada, añade otra. Y luego otra. Así, poco a poco, entrarás en esa zona de equilibrio basculante.
Con esta dinámica no conseguiremos reducir la agenda, pero sí la incoherencia. Y cuando disminuye la incoherencia, aparece algo maravilloso: serenidad.




