Amar a una voz: lo que Her plantea sobre la conexión humana
- Mercè Brey
- 1 sept 2025
- 3 Min. de lectura
La película Her (2013), dirigida por Spike Jonke, está ambientada en 2025 según diversas interpretaciones.
Encontrar un huequito este año para verla de nuevo o, si no la has visto todavía, para verla por primera vez, puede ser una idea interesante. A mí me ha encantado hacerlo y me ha dado mucho que pensar. En este artículo te comparto algunos de mis aprendizajes.
Her, basada en un futuro que ya es presente, muestra como la tecnología promete hacernos la vida más fácil… Pero también nos enfrenta a preguntas incómodas sobre lo que significa relacionarnos.
Esta película es mucho más que una historia de ciencia ficción. Es un relato delicado y poético sobre la soledad, la intimidad y la diversidad de vínculos que podemos llegar a construir.
Su protagonista, Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), es un hombre solitario que un día instala en su ordenador un nuevo sistema operativo: Samantha. Lo que comienza como una interacción práctica se transforma en una relación amorosa que desafía toda noción tradicional de pareja.
“Her no ofrece respuestas cerradas. En cambio, nos invita a habitar la incomodidad de lo incierto y a cuestionar los moldes con los que medimos la autenticidad de una relación”.
Escenas que hacen pensar
En una de las primeras secuencias, Theodore camina por la ciudad con un auricular en el oído, conversando con Samantha. A su alrededor, la multitud se mueve ajena; él sonríe, como si compartiera el momento con alguien… y lo hace, aunque no de la forma convencional. La película nos insta a pensar que quizás la presencia no exige tanto cuerpo, sino conexión.
Más adelante, ambos comparten largas conversaciones, risas y confidencias. La dinámica es la de cualquier pareja enamorada, pero con una diferencia esencial: uno de ellos no existe físicamente. ¿Qué define entonces la validez de una relación: su forma o la intensidad con la que se vive?
En una de las escenas más conmovedoras, Theodore queda en silencio, mirando el horizonte, después de que Samantha le confiese algo que cambiará para siempre su vínculo. El plano fijo y el silencio absoluto nos dejan claro que el dolor, igual que el amor, no necesita materia para expresarse.
Más allá de las imágenes
Her no ofrece respuestas cerradas. En cambio, nos invita a habitar la incomodidad de lo incierto y a cuestionar los moldes con los que medimos la autenticidad de una relación. La película plantea una verdad incómoda: las conexiones más significativas no siempre se ajustan a lo que hemos aprendido a llamar “normal”.
En un mundo donde cada vez más vínculos —personales y profesionales— se desarrollan en entornos híbridos y mediados por tecnología, la pregunta esencial parece que ya no es qué es real, sino qué es significativo.
Una lección para nuestra época
Aceptar que los vínculos pueden adoptar formas diversas requiere ampliar nuestra empatía y abrirnos a nuevas posibilidades de conexión. Como líderes, colegas, amigxs o parejas, reconocer y dar espacio a estas formas, es un paso hacia una convivencia más inclusiva y, por contradictorio que parezca, más humana.
Tal vez Her no sea solo una historia sobre amar a una voz, sino una invitación a escuchar con más profundidad no solo lo que nos dicen, sino lo que nos hace sentir vistxs y comprendidxs. Un camino de introspección en un mundo interconectado. Una vía para evolucionar.




