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El arte del mentoring: un diálogo que transforma

  • Mercè Brey
  • 12 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

Las matrioskas como herramientas de mentoring

En el mundo profesional contemporáneo, donde el cambio es constante, la velocidad abrumadora y la complejidad de la diversidad un hecho contrastable, el mentoring emerge como una suerte de salvavidas. Un territorio donde dos personas se encuentran no para “enseñar” o “ser enseñadas”, sino para pensar y evolucionar juntas. 


Un ejercicio de generosidad intelectual y emocional que permite que la experiencia deje de ser un patrimonio individual para convertirse en sabiduría compartida.


En este artículo, te comparto cómo entiendo la mentoría y algunos tips que suelo usar en mis acompañamientos. Empiezo por la definición. 


¿Qué es el mentoring?


Una práctica de enseñanza y aprendizaje que se lleva a cabo con la asesoría y guía de una figura conocida como “mentor” o “mentora”. Una persona profesional que comparte su experiencia para ayudar en el desarrollo de otra persona bautizada como “mentorizado” o “mentorizada”.


Básicamente, se trata de apoyar a profesionales para que desarrollen todo su potencial, dándoles un espacio donde se crea una relación de valor y se intercambian ideas, herramientas y metodologías que favorezcan el crecimiento. 

Dicho de otra forma, son encuentros provocados para transmitir conocimiento, experiencia, puntos de vista, etc. Y también para apoyar, orientar, inspirar o desafiar. 


“Un proceso de mentoring es, en esencia, un camino de transformación. Lo es para la persona mentorizada, pero también para quien realiza el acompañamiento”.


¿Algunos requisitos indispensables?


Sin lugar a duda, un requisito indispensable es que la persona que mentoriza tenga la habilidad de crear un entorno de confianza y confidencialidad donde la mentorizada sienta el confort suficiente para compartir sus dudas, inquietudes e inseguridades. 


A tener en cuenta que el protagonismo siempre es de la persona mentorizada. Quien ejerce de mentor o mentora está “al servicio”, en un segundo plano. 


Por supuesto, es del todo necesario que esté comprometida la generosidad y humildad para transmitir experiencia, conocimiento, puntos de vista, etc. En ningún caso se trata de convencer sino de inspirar. 


¿Cómo sería la agenda de un proceso estándar?


Los procesos de acompañamiento pueden desarrollarse de múltiples maneras. Aquí te planteo cinco puntos que, bajo mi experiencia, resultan del todo necesarios para que el mentoring resulte satisfactorio para ambas partes. 


1. Primera sesión: establecer la conexión.

Entre una persona mentora y otra mentorizada necesariamente debe existir “química”. Si no es así, el proceso no tiene sentido. Al inicio, es preciso dedicar un espacio de tiempo de calidad para establecer los vínculos de confianza que requiere el acompañamiento. Una manera de lograrlo es presentándonos desde lo profesional, pero también desde lo personal, contando nuestra historia de vida, valores, pasiones y, posteriormente, invitar a la persona mentorizada a que haga lo propio. El trabajo consiste en buscar esos puntos de conexión que vinculan las dos historias compartidas.


2. Segunda sesión: establecer el objetivo de la mentoría. 

Aquí el foco está puesto en responder a la cuestión ¿qué quiere la persona mentorizada trabajar? Se trata de acompañarla a que formule el objetivo, plasmarlo por escrito y escoger el primer reto. A continuación, abrimos la conversación a la determinación de posibles acciones que generen tarea y compromiso. 


3. Siguientes sesiones: seguir y compartir. 

El plan de acción pactado nos sirve de base para compartir nuestra experiencia y conocimiento. Se trata de inspirar, de ayudar a reflexionar y de impulsar la toma de acción de la persona mentorizada. Son sesiones para acompañar el camino, para incentivar e ir reconociendo los pasos que la mentorizada va dando. Y también para resolver incertidumbres y sostener retrocesos si se dieran. 


4. Última sesión: Evaluación final y reconocimiento. 

Es el momento de valorar el alcance de los objetivos que se establecieron al inicio y también de compartir aquello que ha funcionado bien y lo que se podría haber hecho de forma distinta. 


Es el instante ideal donde apreciar con una mirada verdadera y honesta el recorrido que ha hecho la persona mentorizada. De compartir con sensibilidad y generosidad aquello que más hemos valorado de ella, esas cualidades que le hemos ido descubriendo, y también dónde la vemos en un futuro si sigue por esta senda de crecimiento. 


Importante que en esta última sesión se la inste a reflexionar sobre cómo seguirá a partir de ahora, apuntando ideas para ese nuevo plan de acción que llevará a cabo en solitario y que le permitirá seguir creciendo. 


¿Qué actitudes son fundamentales en una persona que mentoriza?


  1. Escucha activa. Un proceso de mentoring no es una conversación informal, es tomar notas, hacer preguntas inteligentes, parafrasear para asegurar que se ha entendido bien lo que ha dicho la otra persona, transmitir interés a través del lenguaje no verbal, etc. 


  2. Respeto. Es saber reconocer la dignidad de la otra persona, el esfuerzo que está realizando para avanzar. 


  3. Compromiso, colaboración y confianza. Se trata de dedicar tiempo a construir y alimentar la relación, hacer seguimiento de la persona mentorizada, pensar alternativas que puedan ayudarla, etc. 


  4. Transmitir, orientar, retar. La experiencia del mentor o mentora es clave en el desarrollo profesional e incluso personal de la persona que se acompaña. Invitar a la reflexión, promover que pase a la acción y alentar la confianza, son actitudes del todo necesarias. 


  5. Empatía, flexibilidad, apertura. El camino del mentor o la mentora no tiene que ser el que recorra la mentorizada. No se trata de imponer una solución, sino de inspirar una posibilidad. 


Un proceso de mentoring es, en esencia, un camino de transformación. Lo es para la persona mentorizada, pero también para quien realiza el acompañamiento. Sin duda, un acto de liderazgo cargado de generosidad. 


Suelo pensar que acompañar a otras personas en su crecimiento es, también, una de las formas más bellas de seguir creciendo. 






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